… Café con Sexo…

… Sorbo de café; suspiro grande, echo la cabeza atrás en signo de reflexión, haciendo acopio de toda la inspiración acumulada, queriendo salir a gritos y… uno, dos tres, cuatro… comienza el desfile de letras: Démosle la bienvenida con un buen sorbo de café al sexo que hoy nos acompaña… ¡Bienvenidos a todos los corazones inquietos, los invito a degustar “De Café con Sexo”!

Con las manos atadas

Respiras profundamente y cierras los ojos. Yo me acerco lentamente y te beso la mano, la frente y los labios. Esa es nuestra señal para indicar que el juego ha comenzado.

Ahora eres mía. Completa, total, incuestionable y absolutamente mía. Mi esclava. Estás a mi completa disposición, y a menos que no me des la señal para que me detenga, podré hacerte cualquier cosa que se me antoje.

Y no tengo prisa, así que podemos comenzar por lo más sencillo. Te coloco sobre los ojos una suave pañoleta negra, para que no puedas ver nada aunque los abras. Y te murmuro suavemente al oído que no te quites la venda hasta que yo te lo indique.

Me alejo un paso y comienzo a disfrutarte con los ojos lenta y apasionadamente. “Quítate la ropa” es mi siguiente orden. Sé que tras la venda tu rostro se ha sonrojado intensamente. Puedes sentir la presión de mi mirada, y eso te intimida un poco. Pero también te excita. Sabes que para mí observar tu hermoso cuerpo es el más sublime de los placeres.

Tu ropa cae al suelo, y tú mueres por tocarme, pero yo me mantengo fuera de tu alcance. Te rodeo mientras sigo disfrutando de tu desnudez, y finalmente me acerco a ti desde tu espalda y te abrazo lenta, pero firmemente. Una mano sobre tus senos, la otra sobre tu abdomen apretándote contra mí. Puedes sentir mi firmeza, y descubres que yo aún visto toda mi ropa.

Tus manos inquietas buscan quitar mi cinturón, pero las detengo y deslizo mi mano hasta que nuestros dedos quedan entrelazados. Recorro con mis labios el contorno de tu quijada, y muerdo suavemente el lóbulo de tu oreja. “Paciencia, querida mía. Ya será el momento en que uses tus manos. Hasta ese instante, déjame seguirte disfrutando a mi ritmo.”

Dejas escapar un gemido de protesta y anticipación. Te frustra que no te deje actuar a tus anchas, pero también te calienta saber que puedo llegar a ejercer un control tan absoluto sobre ti.

Mis manos comienzan a recorrer tu cuerpo, acariciando cada milímetro de tu piel, tocando, apretando, explorando, recorriendo y deslizándose por cada curva y cada rincón. Después de varios minutos de azarosa exploración, mis dedos finalmente encuentran tu centro, y compruebo con deleite lo mojada que he logrado dejarte.

Te ordeno que no te muevas y me vuelvo a alejar un poco de ti. Tras unos instantes que te parecen eternos me vuelvo a acercar y te abrazo de frente. Ahora sólo visto mi boxer, y en cuanto te rodeo con mis brazos te aferras a mí y me aprietas con desenfreno y ardor. Buscas con tus labios los míos, y esta vez no te detengo.

El calor de nuestro abrazo nos lleva hasta el sillón más cercano, y quedas arriba de mí. Cuando intentas despojarme de la última prenda de ropa que aún visto, te tomo de las muñecas y te detengo. “Aún no.”

Interrumpo tu protesta con otro beso prolongado y exploratorio, dejando que nuestras lenguas jueguen un poco. Y luego te acomodo, para que quedes sentada en mis piernas, frente a mí. Tomo tus manos y las sostengo frente a ti. “No te muevas.”

Saco mi cuerda de seda de abajo de uno de los almohadones del sillón, y comienzo a atar tus brazos. Al momento de sentir y reconocer la cuerda, contienes la respiración. Poco a poco vas expulsando el aire, mientras yo continúo el calmado y cuidadoso proceso de dejarte perfectamente amarrada.

Cuando me doy por satisfecho tenso un poco el resto de la cuerda y te digo: “Intenta liberar tus manos.”
Mueves y jalas tus brazos, intentando escapar de mi nudo, pero no logras zafarte. Mi mano derecha se posa sobre las tuyas, indicándote que te detengas. “Bien.”

Te incorporo un poco, para poder despojarme del boxer, y una vez desnudo jalo tus brazos para colocar tus manos amarradas detrás de mi cuello. Así quedas montada en mí de frente. Te tomo de la cadera y te digo: “Hazme entrar en ti. Lentamente.”

Al principio el no poder contar con la ayuda de tus manos dificulta tu tarea. Mis palmas siguen apoyadas en tu cadera, sin presionar pero sin permitir que te alejes de mí. Comienzas a sentirte como una torpe contorsionista cuando me encuentras, y al fin logras acomodarte para lo que sin duda es una de nuestras partes favoritas de hacer el amor.

Poco a poco vas sintiendo cómo me abro camino. Milímetro a milímetro disfrutamos de cómo va aumentando la profundidad de nuestro más íntimo contacto. Para cuando mi miembro ha entrado hasta lo más profundo de tu deliciosa cueva, ambos estamos respirando muy agitadamente, apoyando nuestras frentes una a la otra. Tras unos instantes más de descanso, comenzamos a mecernos.

Tus movimientos se tornan ansiosos y salvajes muy rápidamente, y yo simplemente me concentro en disfrutarte. Mis uñas arañan tu espalda y nuestras sacudidas alcanzan un ritmo frenético.

Siento que mi propio orgasmo se acerca, pero a pesar de tu apasionamiento sé que el tuyo aún tardará demasiado en llegar. Y, como siempre, yo deseo alargar el placer lo más posible para ambos. Así que te detengo y hago que te pongas de pie, interrumpiendo nuestro amoroso embate.

Tú comienzas a gemir en protesta, pero antes de que puedas articular tu queja yo me incorporo, te abrazo y murmuro a tu oído. “Eres mía. Puedo hacer contigo lo que se me venga en gana. Y en este momento aún no deseo terminar.”

Tu respiración entrecortada confirma lo que ya esperaba. Ese tipo de afirmaciones, en especial durante uno de nuestros juegos, te produce poderosos sentimientos encontrados. Por un lado, tu reacción automática es rebelarte y protestar ante algo que va en contra de tus deseos en ese momento. Por el otro, saber que te estoy dominando por completo te excita y te hace desear seguir siendo sometida físicamente.

Y yo sé perfectamente cómo inclinar la balanza hacia ese segundo sentimiento.

Tiro uno de los cojines del sillón al suelo, y jalándote con la cuerda hago que te hinques en el suelo sobre él. Limito tus movimientos sosteniendo tus brazos en alto, y acerco mi miembro a tus labios.

Tú no tardas en comenzar a acariciarme con la lengua, saboreando tu propio néctar. Una vez más, el no poder contar con la ayuda de tus manos dificulta un poco tus acciones, pero dado lo cerca que me habías dejado del primer orgasmo de la noche eso me resulta una considerable ventaja. Definitivamente disfruto demasiado de la forma en que me comes con el entusiasmo de una niña devorando un delicioso helado en un caluroso día de verano.

La incómoda posición y el cansancio que te provoca sólo poder utilizar tu boca causan que tengas que tomar descansos cada vez más seguido. Yo dejo que sufras un poco más aún, disfrutando de tu placentero dolor. Y me complace demasiado saber que mientras yo no te detenga, y a pesar de la incomodidad, tú podrías continuar con pasión por horas.

Pero sé lo ansiosa que aún te encuentras, así que me alejo un poco y te pongo de pie. “Buena chica. Has complacido bastante a tu amo. Pero aún falta mucho para que terminemos.”

Jalando de la cuerda te llevo hasta la ventana, y permito que coloques tus manos atadas sobre el frío vidrio. No necesito tocarte para saber que la posibilidad de que alguien te vea desde la calle provoca que te vuelvas a humedecer por completo con gran anticipación.

Sientes mi duro miembro contra tu delicioso trasero, mientras mis manos acarician tus senos y mis labios exploran tu cuello. “¿Estás lista?” Y entro en tu vagina sin esperar una respuesta.

Comienzo lento, pero rápidamente mis movimientos se aceleran. Gracias a tus gemidos sé que estás tan entusiasmada como yo, y me complace sentir la vehemencia con la que también te mueves, queriendo sentirme lo más adentro posible. Mis ocasionales nalgadas te arrancan pequeños gritos de placer, y puedo sentir cómo tus jugos escurren por tus piernas hasta el suelo.

De nuevo siento que el fin se acerca cada vez más, así que cuando siento tu tensión aumentar salgo de golpe de dentro de ti. Sé que también te encuentras cerca, y también sé muy bien cómo darte el empujón necesario.

Tomando tu cadera te vuelvo a acomodar, y coloco la punta de mi pene en la entrada a ese otro orificio de placer, normalmente reservado a ocasiones muy especiales. Sabes qué es lo que viene, así que muerdes tus labios y tratas de relajarte lo más posible, aunque la anticipación te lo dificulta bastante. Por fortuna sigo sumamente mojado de ti, así que mi entrada es lenta, pero segura.

Tus pequeños resoplidos de dolor me hacen titubear, pero apoyando tu frente en la ventana murmuras con ansiedad: “Verde… ¡Verde! No pares ahora, por favor…”

Es una de nuestras claves. Quieres que continúe. Te duele, pero es justo el tipo de dolor que te acaba provocando tanto placer…

Termino de entrar en ti, y espero a que tú misma comiences a moverte, marcando el ritmo de nuestro encuentro. Al principio el movimiento es lento, pero poco a poco el dolor da paso a un indescriptible placer, y muy pronto ambos nos dejamos llevar una vez más por el deleite del momento.

Coloco mi mano entre tus piernas, y las tuyas se posan sobre mi brazo y aprietan con fuerza, a pesar de no poder asirlo con comodidad gracias al nudo. Mis dedos frotan tu clítoris casi con violencia, siguiendo el compás de nuestras acometidas.

Tus repentinos espasmos y la tensión de tu espalda me indican el inicio de tu explosivo orgamo, y es todo lo que necesito para perderme por completo. Tras unos cuantos embates más, mi explosión sigue a la tuya, y no puedo evitar soltar un desgarrador grito de placer absoluto.

Sin salir de ti y abrazándote con fuerza, poco a poco me voy acuclillando hasta llegar al suelo. Mientras mis manos trabajan para soltar el nudo de tus muñecas, cubro tu espalda de besos, y cuando finalmente quedas libre te permito incorporarte a tus anchas. Mientras te ayudo a ponerte de pie puedo sentir que tus piernas tiemblan, mi semen escurre por ellas y no puedo evitar soltar una carcajada mientras me derrumbo por completo en el suelo.

Tu suspiro satisfecho me hace sonreir con fiereza, y tras propinarte una nalgada te doy una última indicación… por el momento. “Puedes quitarte la venda. Ve al baño a limpiarte. Pero no tardes mucho. En cuanto me recupere continuaremos con más, que esta noche aún no termina, y el juego apenas comienza. Mi querida y exclusiva esclava sexual.”

Por Lobo Gris

Acerca de Damián "Lobo Gris" Fraustro

Diseñador gráfico de profesión, estudioso del comportamiento humano por convicción, mercadólogo por designio del universo, creativo por naturaleza y amante sin remedio de los alcances y posibilidades que otorgan los medios digitales. Si no haces mucho ruido, no se dará cuenta de tu presencia y podrás observarlo en su habitat natural frente a la computadora, ideando su más reciente plan para tratar de conquistar el mundo. Y si te descubre, no tienes de qué preocuparte. No muerde… mucho.

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Esta entrada fue publicada en abril 22, 2015 por en D' Cafe y etiquetada con , , , , .

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